Resulta que cuando vi el cartel de la película en el metro, me dio un bajón de cuidado: me daba pereza ese amarillo chillón del cartel y esa furgoneta rollo hippie. Sin embargo, empezaron a lloverle premios sin parar y los críticos hablaban de la película del año. Fue entonces cuando decidí darle una segunda oportunidad y la vi. Y me había equivocado (¿una vez más?): esta vez los críticos tenían razón, pues efectivamente es una gran comedia.

Es una gran comedia por ese guión irreverente que se atreve a cruzar la línea de lo políticamente corriente. Es una gran comedia porque el reparto es acertadísimo, con unos actores en estado de gracia. Es una gran comedia por lo atrevido de su mensaje. Es una gran comedia porque tantos personajes tan distintos no podían encajar mejor. Es una gran comedia porque es un soplo de aire fresco en un mundo tan negativo con unos personajes tan sórdidos (Infiltrados, Babel, Diario de un escándalo, Juegos Secretos, etc son algunos ejemplos desasosegantes).
Así que no fue casualidad que en la última edición de los Oscars, se llevara dos premios de los gordos: mejor guión original y mejor actor secundario para el veterano Alan Arkin por su papel de abuelo yonki. Si de mi dependiera, también habría premiado al resto del reparto y a sus productores pero quizás por eso no soy votante de la Academia...
Para no desvelar el (magistral) final, no voy a contar casi nada del argumento. Tan sólo decir que la trama comienza cuando la hija de un matrimonio de lo más peculiar es seleccionada para participar en un concurso de belleza. Toda la familia -a saber: un padre obsesionado con el liderazgo, una madre algo nerviosa, un hermano mudo idólatra de Nietzsche, un abuelo yonki y un tío gay con tendencias suicidas- se embarca entonces en un viaje donde se descubrirán a sí mismos y aprenderán a apreciar el valor de la familia.
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